La invención no consiste en crear del vacío, sino del caos. Así definía la mismísima Mary Shelley su dilatada experiencia literaria.
Con esta frase comienzo porque, ¿hay algo más innatamente caótico que la naturaleza? ¿Tiene un orden real, o somos nosotros, seres humanos, los que se lo conferimos? Si mi teoría es correcta y somos nosotros los causantes de tanta belleza, sólo hay que revisar la obra de este joven artista para desdecirse de tal afirmación.
Lo realmente fascinante de Pedro es su capacidad para hacer de lo cotidiano una realidad única. Él concibe y nos muestra un punto de vista radicalmente distinto a lo que podríamos llamar rutina. Y ese es el genio de este artista. No es un simple paisaje lo que él retrata, es un conjunto de factores que nos van a evocar unas sensaciones muy determinadas: es un color o un contraste de colores, es la luz adecuada, es el encuadre correcto, es saber esperar el momento justo o simplemente improvisar.
Pero es sin duda su gran amplitud lo que cautiva al ojo humano. Es ese rango amplísimo de público al que va dirigida su obra.
Su complejidad técnica e infinidad de detalles hacen de su trabajo un plato irresistible para los grandes entendidos en la materia, sin embargo, su belleza natural, su, a la vez sencillez a la hora de captar el momento, permiten disfrutar de este espectáculo de sensaciones a cualquiera que pretenda sorprenderse gratamente con algo diferente.
En cualquier caso, no puedo dejar de decir que la visión que desde fuera tenemos del trabajo de un artista, es una visión bastante sesgada. Por mucho que queramos, jamás podremos experimentar ni entender completamente lo que éste siente y percibe a la hora de crear.
Con esta aclaración hecha, me atrevería a decir que la superflua sencillez de las obras de Pedro, encierra un trasfondo de buhardilla empolvada en años de experiencia que mucho tiene que ver con la complejidad y exclusividad de la personalidad del propio artista.
Verano 2009











